Gianfranco Loli y Viviana Velarde conciben para Pierinelli un espacio donde mármoles, cuarcitas y ónix abandonan el papel de fondo y ocupan el centro de la escena, observados por su dibujo, su textura y su carácter.
El nombre sobre el travertino anticipa el ingreso con discreción. Basta atravesar el marco de madera para que el registro cambie: la luz desciende, aparece el metal corrugado y dos volúmenes tallados en piedra reciben al visitante. Uno, en tonos beige, se construye a partir de planos superpuestos; el otro, blanco y anguloso, tiene una presencia casi arquitectónica. Antes que mostrar un acabado, ambos presentan la piedra como objeto.
Detrás, grandes placas se levantan como planos verticales. Una concentra vetas verdes de gran intensidad; otra, mucho más clara, dibuja líneas que recuerdan una cartografía vista desde lejos. La singularidad de cada superficie se vuelve evidente cuando se presenta a esta escala. Al fondo, fotografías de canteras introducen otra dimensión del material: su origen, antes del corte, el pulido y la transformación.
La piedra abandona el papel de fondo y pasa a dirigir la mirada.
Los dos volúmenes de la entrada condensan buena parte de la propuesta. Sus cortes dejan ver estratos, cambios de tono y geometrías que alteran la percepción habitual de un material asociado a superficies continuas. Aquí la piedra adquiere profundidad, relieve y movimiento.
En el centro, una mesa de madera oscura reúne cerámicas, cuencos y jarras de barro. Sobre ella, luminarias lineales se cruzan como trazos suspendidos, mientras alfombras persas introducen rojos apagados y una textura más amable frente a la dureza del mármol y el metal. En sillas y bancas, pequeños patrones geométricos en blanco y negro suman otra escala gráfica al conjunto.
La composición continúa en un mueble de estantes espejados que multiplica libros, vasijas, esculturas y pequeños objetos. El reflejo altera los límites y convierte cada repisa en una escena distinta. La intención expositiva permanece, aunque aquí adquiere un carácter más doméstico: las piezas parecen pertenecer a una colección reunida con el tiempo.
En otro punto del ambiente, una consola de madera en tono óxido sostiene cerámicas y una lámpara esférica bajo una obra abstracta en grises, terracotas y ocres. La escala cambia y la piedra desaparece momentáneamente del primer plano. Esa pausa resulta importante: permite que el recorrido no dependa de una presencia constante del material y da lugar a otros colores y texturas.
La fuerza del proyecto está también en las pausas: saber cuándo mostrar la piedra y cuándo dejarla fuera de escena.
Gianfranco Loli y Viviana Velarde organizan el espacio como una colección en la que la piedra aparece en distintas escalas y condiciones: como gran superficie, como volumen tallado y como detalle. Alrededor de ella, madera, metal, textiles, cerámica y arte construyen los contrastes necesarios para percibir mejor sus tonos y dibujos.
El lenguaje de la piedra termina proponiendo otra manera de mirar un material conocido. Frente a la idea de una superficie fría e inmutable, el recorrido revela vetas, estratos, irregularidades y colores que hacen que cada pieza tenga una identidad distinta. La piedra deja de entenderse únicamente desde su función y empieza a mirarse por lo que ya contiene.








